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LAS VULNERACIONES DEL TIEMPO

Fabricio Caivano 

Periodista-Fundador de Cuadernos de pedagogía 

(escrito a escasos 10 días del estreno mundial en Abycine)

 

Hace algunos años descubrí maravillado el documental de Pablo García Fuente Álamo (2001), como secretario del jurado de la sección de documentales llamada Tiempo de Historia en la 46 edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid. Asistí entonces a las proyecciones de esa pequeña y emocionante joya rodada en tres tandas temporales y con intenso sabor a Víctor Erice, subtitulada con precisión quirúrgica “La caricia del tiempo”. Cine latido a latido.  Una gran ambición atraviesa cada fotograma de la película: atrapar la huella presente de la fugacidad del tiempo y proyectarlo en una pantalla; más exactamente, filmar la danza mágica que entrelaza la rotundidad objetiva del espacio y de los personajes con el ritmo silente del tiempo en su curso incontenible. Cazar la luz, retener el sonido, filmar la belleza de momentos de felicidad intensa.

 

Ingenua pretensión esa de tratar de capturar el paso del tiempo, pero algo muy propio de jóvenes que se creen inmortales, como el sucesivo Pablo García de la época. Quizás esto sólo esté al alcance de aquellos indolentes a los que la muerte les tiene ya sin cuidado, los ancianos. La historia del cine testimonia a menudo esta desmesurada pretensión, el camino que va desde la esperanza del todavía al desencanto del ya no o del esplendor al olvido. Hay en Fuente Álamo un admirable equilibrio en la coreografía alada de personajes, lugares, objetos inanimados, animales y sonidos, relatados todos en minúsculos episodios montados en una seductora orfebrería cinematográfica de luces y de sombras. Se regala al espectador un presente a poco que se entregue al fluir lento de las imágenes: sentir en la piel del alma la caricia del tiempo. Y las dimensiones mágicas de un lugar: el pueblo manchego de Fuente Álamo. Y ver eso en cine es un privilegio poco común, más aún en la actualidad en donde tan a menudo la banalidad cinematográfica se oculta tras el ruido y la furia de un espectáculo vacuo y repetido. Luego le perdía la pista al joven director Pablo García.

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Camino Incierto:

Han pasado casi veinte años de aquél luminoso documental, todos hemos crecido y mermado a un tiempo, puesto que el tiempo acaricia, pero también vulnera. Pablo García llega ahora de nuevo a la orilla en la que sesteo viendo pasar tan rápido mi tiempo. Y lo hace esta vez con otra filigrana de película, “Camino Incierto”.  Su director ha navegado desde la playa del tiempo infantil y desde los ardores juveniles ha llegado hasta los azarosos acantilados de la edad madura. Al borde de sus cincuenta años, llevado por la misma vehemente pasión por el cine, se desafía a sí mismo en un comprometido ejercicio de escribir en celuloide su autobiografía, de filmar su trayectoria vital para reconstruir el camino de su identidad profesional en nuevos paisajes.  

En su mochila vital hay nuevos conflictos, decepciones, dudas e incertidumbres y, como todos, acusa el paso de los años y sufre las inevitables erosiones de la vida. Emerge en esta su última película la otra cara del tiempo: ya no la festiva que acaricia sino la que vulnera, pero también, y quizás, sobre todo, la que educa, madura y aposenta con el acompañamiento de una pequeña pero potente presencia de lo otros próximos. En efecto, se testimonia en el filme el roce fecundador de gentes marcadas por el cine, de familiares próximos y de otros personajes de alguna manera cruciales en su devenir vital y profesional. De todos ellos y de sí mismo nos habla en los cuidadísimos fotogramas de su nueva película. Y a pesar del paso del tiempo, o paradójicamente gracias a él, el director osa tomar la cámara y construir este relato visual con la misma candidez y valentía con la que filmó, en 8 mm y desde la ventana de su habitación o desde el coche de su madre, el inicio de su vida cuando ésta era un juego interminable o un gozoso camino de certezas hacia el paraíso terrenal: Fuente Álamo.

 

El resultado es una película que recoge las andanzas de un ya maduro caballero cineasta, de su aprendizaje continuo en la compañía jugosa de unos pocos referentes adultos que, como Virgilio, le llevan de la mano en su particular laberinto de perplejidades, emociones y dilemas vitales y profesionales. Son personajes entrañables que operan como guías fundacionales en el cumplimiento de un sereno impulso del director que es vocación, conciencia de pertenecer a un linaje al tiempo que actúan como protagonistas de una película en construcción ante el espectador.

 

La mirada retrospectiva de Pablo García revisa ahora (2020), desde esa resbaladiza dialéctica entre júbilo y aflicción, también su biografía más íntima, desde aquel niño asombrado y valiente con una cámara en la mano, hasta el maduro cineasta que mira hacia atrás y levanta acta mediante imágenes de los titubeos y certezas de su vida personal y profesional como eterno aprendiz de cineasta. Y esas andanzas las narrará ahora el director, a lomos del sentimiento y del oficio, con los mismos instrumentos artesanales, la misma demorada emoción e idéntica maestría con los que levantó la delicada Fuente Álamo. El resultado es un recorrido pausado por la geografía del entusiasmo y la duda, la reflexión y el desconcierto, en suma, por esos escenarios vitales que nos hace a todos humanos que navegamos entre humanos.

 

Retoma esa fijación por el encuadre demorado y sugerente; vuelve a aquella luz limpia capaz de apresar la luna en el agua o el bamboleo de un tallo; recupera también ese sonido que capta desde el rumor secreto de las hojas de un árbol, el tic-tac de un reloj o el chirrido lejano de un grillo en la noche. Todos estos usos del oficio que caracterizaron al director de Fuente Álamo, vuelven ahora al servicio de esta hermosa autobiografía filmada. La misma fidelidad artesana focalizada en el esplendor del instante, aplicada ahora a una narración vital que se demora en los paisajes como ecos del ánimo del narrador, desde una Lima de muerte y flores hasta la larga secuencia marina final en homenaje al amigo productor…

No puedo dejar de rescatar, como una sutil metáfora de continuidad, la pudorosa y breve presencia en el film de su hija Alicia, con su respiración pausada ajena al mundo o mariposeando en el huerto familiar, que recarga con su minúscula y poderosa presencia la quebrantada energía del padre-cineasta a mitad de la cuesta de su incierto camino, en su fragilidad está la garantía de la renovación del mundo, ella simboliza el eterno preguntar que traen los recién llegados a él, y así compartiremos con el director el hechizo de su paradójica fuerza y energía.

Y, finalmente, esa otra escena públicamente íntima en la que Pablo García, desorientado en su camino, interroga a su madre en busca del niño que fue y ésta le devuelve, con realismo exigente, a los contratiempos de su maduración y a las exigencias de su circunstancia actual.

 

Revisar los tiempos del esplendor en la hierba y del presente contradictorio, hacerlo frente a una cámara-espejo poéticamente indagadora, filmar sin pudor el propio camino recorrido, es sin duda un empeño arriesgado. Pero ese empeño cristaliza aquí en una presencia de belleza: un relato cinematográfico de alto voltaje, pero de resultado sereno, apacible como las aguas de un río en su tramo final.  Una nueva joya de Pablo García como el espectador podrá acreditar. O mejor otra, tras aquella memorable caricia del tiempo en un paradisíaco lugar de la Mancha de nombre inolvidable: Fuente Álamo.

 

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Sergi Dies 

Montador y cineasta 

Sergi Dies ha montado entre otros, los largometrajes Monos como Becky (1999), L’estratègia del cucut de Sílvia Quer, 200 Km (2003) del Colectivo Discusión 14, De nens (2003) de Joaquín Jordà, El Taxista Ful (2005) de Jo Sol, La doble vida del Faquir (2005) de Esteve Riambau y Elisabet Cabeza, Dies d'Agost (2006) de Marc Recha, Family Strip (2009) de Luis Miñarro, Ich bin Enric Marco de Santiago Fillol y Lucas Vermal, Morir de día (2010) de Laia Manresa i Sergi Dies, Squat, la ville est à nous! de Christophe Coello (2011),  Loba (2014) de Catherine Bechard, NOMA (2016) de Pablo Pinedo Bóveda, The Invocation of Enver Simaku (2017) de Marco Lledó Escartín, Una corriente salvaje (2017) de Nuria Ibañez, Fishbone (2018) de Adán Aliaga, ARA (2018) de Pere Solés, Entre dos aguas (2018) de Isaki Lacuesta, The Subversives (2019) de Miles Roston, The Fourth Kingdom (2019) de Adán Aliaga y Àlex Lora, Camagroga (2020) de Alfonso Amador; Nueve Sevillas (2020) de Gonzalo García Pelayo y Pedro G. Romero; y Amor sin ciudad (2020) de Pedro Sara y Violeta Pagán.

Cómo no pedirle un texto a Sergi Dies (Por Pablo García):

 

En el año 2000, Sergi montó este tráiler de mi opera prima 'Fuente Álamo, la caricia del tiempo'. No nos habíamos vuelto a ver desde entonces pero 20 años después no dudé en pedirle el texto que sigue a continuación. Confiaba en su mirada, no solo por todo el cine y el conocimiento que atesora, sino también por el criterio y la rigurosidad con la que ha ido construyendo su carrera. Los que habéis trabajado con él o lo conocéis en profundidad, sabéis que es uno de los profesionales más exquisitos de nuestro cine. 

No voy a negar, es evidente, que pensaba que su mirada sería próxima a 'Camino Incierto'… por eso le pedí el texto, lo que no podía imaginar es que escribiría algo así:

 

Diluirse en vida y cine

Sergi Dies 

(escrito previo al paso de Camino Incierto por L'Alternativa, 2020)

Entro en un cine.

Al fondo, la pantalla ilumina los sueños de la gente. 

Uno se aísla en héroe unos minutos. 

 

José María Fonollosa,

fragmento del poema #8

de “Destrucción de la mañana”.

 En un lugar de la mancha de cuyo nombre puedo acordarme gracias a la primera película de Pablo García Pérez de Lara, rodada en los veranos del 96 y 97 del siglo pasado, termina rodando de nuevo Pablo más de veinte años después su última película, “Camino Incierto”, por estrenar este año 2020. Me refiero a Fuente Álamo, el pueblo, el de Albacete; “Fuente Álamo, la caricia del tiempo” es la película, estrenada el año 2001.

 

    Me conmovió la muy grata sorpresa de recibir hace unos meses un mail de Pablo proponiéndome visionar “Camino Incierto” y compartir mi opinión con él. Me conmovió la natural confianza con la que retomó contacto tantos años después de nuestro último encuentro. La película me conmovió aún más. Reconocerle en film: idéntica mirada, idéntica curiosidad y respeto, idénticos principios, idéntica la caricia del tiempo… ahora con algunas cicatrices y barba.

 

    Con la película de Pablo me pasó como en ocasiones pasa con alguna gente que tras años de no verte parecen no haber envejecido apenas. Pero eso es solo una sensación, porque si alguna vez habéis cogido fotos de entonces y de ahora, se detecta claramente el paso del tiempo, las cicatrices interiores que diría Garrel, por aludir al cine que más nos gusta.

 

    Nos gusta hablar de principios, siempre desde un extremo respeto, especialmente de los cinematográficos. Nos gusta pensar que esos principios no tienen fin y que el cine como manera de vivir nos une. Hablando por teléfono confirmamos que así es y que, al margen de las siempre felices coincidencias en el camino, nos hemos estado siguiendo en la distancia todos estos años, y eso nos mantiene cerca. Tan cerca que ya ni de cine hablamos prácticamente cuando estuvimos conversando la última vez. Le dedicamos mucho más tiempo a comentar lo poco que nos gusta el teléfono y lo invasiva que nos resulta su presencia desde que incorpora pantallas y accesos a internet. Pantalla es una palabra que nosotros aún vinculamos más al cine que al teléfono, y nos la están robando. La pantallitis de la que se habla hoy nada tiene que ver con la cinefilia. En un momento de “Camino Incierto” Lluís Miñarro sentencia, “hacemos películas para cines apagados”. Resuena como un quejío de los que estremecen, como el buen flamenco, alegrando la pena hecha arte y fuerza, pero es pena.

 

    Me hizo mucha gracia como Pablo, con el temple que le caracteriza, me justificó su poco uso del “diabólico y controlador aparato” (por ahí andaba nuestra conversación telefónica…): “Yo apenas lo llevo encima, lo utilizo más como un fijo, no quiero que mi hija crezca viendo a su padre todo el día mirando al teléfono”. Me parece muy bien la pedagogía del gesto, me gusta pensar que la comparto, predicar con el ejemplo, pero me hizo gracia. Su hija no verá a su padre todo el día enganchado al teléfono. Su hija crecerá viendo a su padre todo el día mirando a través de una cámara y montando y viendo pelis. Mucha gente opinará que un teléfono o una cámara o un ordenador, tanto monta monta tanto. Pero yo estoy con Pablo, el cine me parece más sano y pedagógico: el cine es cultura. Y el cine es oficio. La hija de Pablo no tiene ante sí a un padre empantallado, como quien dice empantanado, con el teléfono. Lo que ve la hija de Pablo es a su padre trabajando. Desde luego que me hizo gracia pero, más allá del tiempo o la distancia, esas cosas nos unen.

 

“Camino Incierto” arranca como un retrato de Lluís Miñarro en el momento en el que se ve en situación de tener que cerrar Eddie Saeta. Fue esta productora, y el propio Lluís, quien dio el apoyo final y desatascó el estreno y posteriores vuelos de “Fuente Álamo, la caricia del tiempo”. Y fue precisamente él quien nos puso en contacto por primera vez, a Pablo y a mi, proponiéndome montar el trailer. Debíamos rondar por el año 2000 o 2001, efervescentes tiempos para el cine documental, cuando Erice parecía iluminarlo todo con “El sol del membrillo” y la precisión de su mirada sobre el detalle reflexionando entorno a la luz y el arte y el tiempo; y cuando Guerín con “En construcción” y Jordá con “Monos como Becky” sentenciaban el entonces nuevo digital como un posible complice del cine más que un traidor, reavivando un cinéfilo orgullo por el género documental y por el montaje fílmico como escritura.  Consecuente con los tiempos que corrían Pablo apostó en su primera película por filmar un documental pero insistió en rodar en 16mm, con lo que eso implica. Necesitaron dos veranos filmando en el pueblo, la tropa de amigos que formaron la productora Doble Banda, para montar la diégesis de un día.

 

    Cuando vi la película de Pablo, sigo en Fuente Álamo, me dejó estupefacto, pletórico, rebosante de lo que más disfruto cuando disfruto viendo pelis. Me refiero a un tipo de sobrecogimiento al que no puedo atribuir una forma descriptible porque las películas que me generan esta feliz sensación pueden llegar a ser muy muy diferentes formalmente, incluso antitéticas, y beber de muy diversas tradiciones y actitudes y maneras. Me caló hondo la honestidad del retrato, el amor a lo filmado y al cine, la precisión con la que captaron el azaroso discurrir de la vida, la humildad de su planteamiento y la excelente ejecución de la siempre complejísima apariencia de sencillez: un día de verano en un pueblo de Albacete. Hoy tal vez se diría que es el retrato de un pueblo de la España vaciada, u olvidada, pero no. Fuente Álamo no se nos muestra ni vacío ni olvidado, porque resulta que Pablo no buscó un pueblo más o menos pintoresco con personajes más o menos pintorescos con los que construir una más o menos pintoresca historia rural para su primera película. Fuente Álamo, el de Albacete, era el pueblo familiar en el que Pablo pasó todos los veranos de su infancia, y eso quiso retratar. De ahí la fuerte impronta de amor por lo filmado que aflora en cada fotograma de la película que contra viento y marea consiguió levantar por puro amor al cine. Todo eso irradiaban esas pantallas que se pretenden apagar cuando proyectaban “Fuente Álamo, la caricia del tiempo”. Veinte años después, confirmando que veinte años no es nada, al terminar de ver “Camino Incierto”, acabé empapado de esa misma sensación conmovida, empapado de ese mismo amor de Pablo por el cine. Y por Fuente Álamo, Albacete.

 

“Camino Incierto”, decía, arranca como un retrato de Lluís Miñarro pero a medida que avanza el metraje se torna autorretrato, de Pablo. La estela del cine de Lluís, como productor y como director, da un pie perfecto a Pablo para, tan sutilmente como es habitual en él, entrar en la órbita del cine que le apasiona y poco a poco hacer tender la película a sus lugares íntimos (personales, geográficos y fílmicos). “Hay lugares”, dice Pablo en la película, “que nos hacen. También personas”. Desde ahí retrata a Lluís, desde donde brota su cine, desde lo más cercano e íntimo, como a un compañero de viaje, compañero de vida, compañero de cine. Desde el cierre de la productora de su primera película al cierre de su última película, que es precisamente esta, “Camino Incierto”. Escrito así puede sonar a epitafio pero no, me refiero a lo que el mismo Pablo deja clarísimo en la película cuando dice que se siente muy cómodo “en ese umbral en el que la vida y el cine se (con)funden”. De esa (con)fusión precisamente surge el arco temporal que recorre “Camino Incierto” (¿o debiera decir arco poético?), ese camino andado por Pablo desde sus primeros pasos en el cine hasta el día de hoy.

 

    No hay duda de que ya está acumulando metraje para un siguiente proyecto, no necesito consultarle el dato, pero esos planos los veremos en su próxima película. En un momento de “Camino Incierto”, plagado de perlas citables por cierto, Lluís Miñarro vuelve al set que tiene armado Pablo para entrevistarle después de alguna imprevista reunión o llamada de teléfono, y se disculpa “porque al final has perdido un montón de tiempo aquí”, a lo que Pablo responde con su característica tranquilidad, “bueno, he estado grabando. He subido a la terraza y todo”. Y ahí está todo. Pablo, con su siempre humilde gesto, es de esos tipos que tienen muy claro que no esperan, él filma, desde ese umbral en el que la vida y el cine se (con)funden. Y monta, como quien escribe.

 

    Y por favor no se me malinterprete, que no se entienda, cuando digo que el retrato de Lluís Miñarro se torna autorretrato de Pablo, que esto es en detrimento del retrato de Lluís. En el proceder de Pablo son intrínsecas la sutileza y el respeto. Yendo a la zaga de Lluís, Pablo aprovecha para revisitar como propias las inquietudes comunes, y de ahí a los lugares y gentes que en el hacer de Pablo son el cine. Pablo en su cine consigue trascender las gentes y lugares que retrata, sin menoscabar su retrato, para ahondar en un continuo y latente metadiscurso cinematográfico.

 

    Quizá lo que más me impresiona tras el visionado de “Camino Incierto” es constatar la profunda honestidad y la valiente transparencia con la que Pablo sigue enfrentándose al oficio del cine de idéntica manera, trabajando como poca gente los mismos conceptos, lugares, personas, y con frecuencia hasta planos; impregnando su cine de invisibles velos temporales que devienen contundentemente interpretables y modifican, madurando, el discurso. Me vienen a la cabeza grandes, grandísimos de la poesía, como Josep Maria Fonollosa o Antonio Gamoneda, tan activos toda la vida en su propia reescritura, conscientes de que el trabajo continuado sobre los mismos versos, lejos de responder a la indecisa tachadura o a una escritura inacabada, devienen una escritura más viva que no necesariamente anula el verso previo sino que lo libera y agranda abriéndolo a la evolución, al crecimiento, al eterno devenir que es esencia del tiempo y la vida. Así, impregnado de tiempo y de vida y de cine, empapado y encantado, me ha dejado esta última película de Pablo que inevitablemente me ha llevado de vuelta a la primera, que no he podido evitar volver a ver. Y recomiendo hacerlo, revisitar “Fuente Álamo, la caricia del tiempo” tras el visionado de “Camino Incierto”, o quizá en orden inverso, diría que no es determinante. Lo destacable es como la superposición y la reescritura hacen aflorar la libre y personal reflexión entorno al tiempo y el cine.

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Cada intento es un nuevo comienzo.

Sobre Camino incierto, de Pablo García.

Jorge Larrosa.

Pues en uno son principio y fin (en contorno de redondel).

Heráclito.

 

Ya desde Fuente Álamo. La caricia del tiempo me sorprendió la mirada de Pablo García: limpia, amorosa, demorada, respetuosa, serena, carente de juicio. La encuentro ahora, más madura, en Camino incierto, donde vuelvo a constatar su capacidad para producir emociones hondas con medios increíblemente sencillos, casi franciscanos de tan pobres, tan humildes y desprendidos, de tan volcados hacia la belleza del mundo a cuyas criaturas cantaba. 

En este caso, sin embargo, esa contemplación admirada teje reflexiones en absoluto banales sobre uno de los temas, quizá el fundamental, que atraviesa su obra: lo efímero y lo que dura, lo que se deshace y lo que permanece, lo que envejece (y muere) y lo que nace (y comienza), el paso del paso del tiempo, su leve y terrible caricia en los lugares, en las cosas, en las personas, pero también en los proyectos, en las ilusiones, en los deseos, en los trabajos y en los días. Como nos dice la bellísima (y sencillísima) canción que Pablo recogió en una plaza de Lima, “por caminitos llenos de espinas, yo voy buscando nuevos caminos”. Las primeras imágenes de la película son de 1987, la última está filmada treinta años después. En medio, la vida y los caminos (inciertos) de un cineasta. 

Como hay una literatura del yo, también hay un cine del yo, y el de Pablo García lo es, pero de un yo nada yoico, pura atención y gratitud y maravilla al mundo. Sus imágenes suscitan experiencias tan hondas en el espectador porque es capaz de convertir los lugares singulares, biográficos y personales, sus lugares, en lugares comunes, de todos, de esos que invocan ese pedazo de lo común, de la vida común y del mundo común, que nos hace, a cada uno, ser lo que somos. 

 

En lo que a mí respecta, apenas dos comentarios. 

 

El primero sobre Las Parideras, el lugar en el que Pablo pasó parte de su infancia, al que siempre vuelve y en el que casi siempre filma. Allí Núria y Ramón, sus padres, aparecen con una presencia tan muda y material como la de los chopos, las viñas, el viento, la leñera, los enseres, las fotografías y los libros, el fuego encendido. Simplemente están allí, entrando leña, doblando ropa, leyendo, regando las macetas, saliendo al paseo de cada tarde, metidos en sus cosas, componiendo, ellos también, junto con las plantas, los animales y las cosas, lo que podríamos llamar “el alma del lugar”. Aunque se trata de un alma, eso sí, concreta, material, física, visible, tangible, corporal, sensible, encarnada.

Ese puro estar ahí sólo se hace palabra cuando Ramón cuenta la historia del lugar, haciendo presentes a los muertos, y cuando Núria habla del desencanto, de las dificultades, de las alegrías y las penas, de ese aprender en el padecer que es el caminar y el vivir de su hijo, pero también el de todos y de cada uno. Ellos hablan y Pablo los mira, los escucha y, como tantas veces, los filma; o deja que sea la cámara, colocada a cierta distancia, la que los filme. 

Del padre el relato y de la madre el consejo. Pero un relato y un consejo que podrían ser los de cualquiera y para cualquiera, tremendamente personales en su carácter genérico e impersonal. Lo que las palabras del padre invocan es la memoria de eso de lo que venimos: no sólo nosotros sino también, sobre todo, las casas y los campos, esos que están hechos por el trabajo humilde y anónimo de los que nos precedieron, esas personas y esos espacios que, como dice Pablo, nos hacen, es decir, nos habitan en la misma medida en que nosotros los habitamos. Por su parte, la advertencia de la madre nos dice algo respecto a eso con lo que nos encontramos: no sólo el hijo al que se dirige sino también sus amigos, sus compañeros de viaje, los otros cineastas y cinéfilos que aparecen en la película y, a su través, todos nosotros, los que llevamos, como cualquiera, vidas inciertas, cada uno con sus espinas, todos buscando nuevos caminos. 

 

El segundo comentario será sobre el principio y el final de la película. Porque en esta película hay belleza, sí, espinas, desde luego, pero hay algo también que podríamos remitir al primero y al último verso del segundo de los Four Quartets de T. S. Eliot, ese que se titula East Coker y que es como un eco de Heráclito, de sus decires sobre el tiempo: “en mi principio está mi fin” y, después de muchos versos, “en mi fin está mi principio”. 

La película empieza con las primeras imágenes que Pablo filmó en su vida, cuando tenía 17 años, con una cámara que le regalaron sus padres. El principio de la película (y de la vida de un cineasta) no viene de la voluntad ni del deseo sino que resulta de un regalo: nada comienza con uno mismo, el principio mismo nos es dado, no está en nuestras manos sino que nos viene de otras y, en este caso, no de manos de la misma generación sino de manos antecesoras, dadivosas. Con esa cámara inicial, iniciática e iniciadora Pablo recibió de sus padres el principio de su propio caminar incierto, un principio que sólo alcanza su sentido treinta años después, cuando encuentra por fin el sitio que le corresponde, precisamente en esta película: en mi principio está mi fin.

La película termina treinta años después cuando Alicia, la hija de Pablo, que apenas comenzaba a caminar, se aparta de su padre (y de la cámara), retrocede unos pasos, y con una palmada y una sonrisa le da la claqueta. Y es que en el cine, como en la vida, algo sigue y recomienza a cada instante: cada vez que un poeta escribe, una vez más, la primera palabra de un verso; cada vez que un cineasta acciona, de nuevo, la cámara; cada vez que un profesor repite y a la vez comienza un curso; cada vez que un campesino poda los sarmientos en otro otoño que es y no es el mismo otoño; cada vez que un padre nos habla o un hijo nos mira. Esos recomienzos tampoco están en nuestras manos, tampoco dependen de nosotros, sino que son los otros, los nuevos en este caso, los descendientes, los que los abren, los justifican y los impulsan, los que nos dan esa claqueta que nos dice, una y otra vez, ¡comienza! En mi fin está mi principio.

Pablo nos cuenta que filma con una cámara que le regalaron y que le da la claqueta una niña que está empezando. Ni el principio ni el fin son, en definitiva, suyos. Los fragmentos de Heráclito que Eliot coloca al principio de su poema dicen así en la traducción de Emilio Pacheco: “A pesar de que la razón es común, los más viven como si fueran poseedores de sabiduría propia. El camino hacia lo alto y el camino hacia lo bajo son uno y el mismo”. Ni los principios ni los finales son nuestros, porque la razón es común y se alimenta de lo común, porque venimos de los regalos que nos hacen, porque vamos hacia lo que nos da la claqueta, porque nunca partimos de nosotros mismos ni llegamos a nosotros mismos. Y, respecto a los caminos, lo importante no es que vayan hacia arriba o hacia abajo, ni siquiera que sean nuestros, sino el que estén hechos de encuentros, de las formas de amistad y de comunidad con que los vamos pavimentando al tiempo que sufrimos, desde luego, sus espinas. 

Por eso, si un adjetivo cabe añadir a la lista con la que antes califiqué la mirada de Pablo García, ese adjetivo es que la suya es una mirada agradecida. La mirada de este cineasta de 50 años ha sido madurada ya por la caricia del tiempo y curtida por las espinas de los caminitos en los que busca y seguirá buscando nuevos caminos, siempre inciertos. Pero es una mirada llena de gratitud para esas personas y esos paisajes que le dan, cada vez de nuevo, el comienzo y el fin, el fin y el comienzo, esas formas humanas de la continuidad y de la duración, de su estar en el tiempo pero también en el mundo, en un mundo que le pertenece y al que él pertenece, claro, pero que sus películas hacen que sea también el nuestro, el de todos. 

Esta es una película de finales y de comienzos, de padres e hijos, de herencias y testamentos, de continuidades y discontinuidades, de amigos y compañeros, de productoras que cierran, de cineastas que visitan ruinas y cementerios, de festivales que se extinguen, de cines que se apagan, de cosas y personas acariciadas por el tiempo, de instantes que brillan y desaparecen mientras una cámara trata de fijarlas, del tiempo de la vida y del tiempo del cine: de ese tiempo, como nos dice Pablo, en el que la vida y el cine se (con)funden. Porque, en palabras de Eliot en ese mismo poema que he citado, “cada intento es un nuevo comienzo”y, enseguida, “para nosotros sólo existe el intento. Lo demás no es asunto nuestro”.